Mido mi borde y me paro en él

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En La fuerza de mi rebelión, uno de los textos del libro Borderlands (Anzaldúa, 2020), Gloria Anzaldúa, escritora y académica chicana, abre su reflexión recordando una foto en la que, de pequeña, está con sus padres, tomada de la mano de su madre. “Hasta el día de hoy no estoy segura de dónde encontré la fuerza para abandonar la fuente”, dice ella, quien fue la primera y única de su familia para ese entonces en irse de su casa. Esa misma reflexión pasa por mi mente, más frecuentemente de lo que me gustaría. A inicios del 2022 me gané una beca para estudiar una maestría en Portugal, Irlanda, Polonia y Austria; algo que estuve buscando por años. Aunque llevo apenas un año afuera de casa y me fui en condiciones ventajosas, habitarme y entenderme en otro lugar ha sido un proceso difícil; mi mirada siempre busca a Colombia y lo que está contenido en ella que siento tan mío.

Mudarme lejos de mi lugar de origen ha implicado muchas cosas, retos, experiencias increíblemente satisfactorias, y otras que no quisiera repetir. A través de este texto quise reflexionar principalmente sobre dos de ellas: que la noción de hogar se me ha venido enredando entre tantas vueltas burocráticas y ocupaciones, y que he estado viendo a otras personas y siendo vista por ellas solamente desde de la diferencia. 

Cuando pienso en mi hogar, pienso en mis padres, mis hermanas, mis amigues, mi familia, en mis libros y mis cosas preciadas. En este momento, a 9 mil kilómetros de todo eso, pienso que migrar no significa que una se queda sin hogar, sino que es un espacio que cambia. Esta experiencia me ha obligado a aprender a abrir la raíz, a estar atenta para beber un poco de esa fuente, como Anzaldúa la llama, cuando el mundo exterior es sofocante. También, que esa raíz no tiene que ser un ancla inmovilizante; puede ser la maraña cómoda en la que el cuerpo se posa cuando lo necesita, sin olvidar que de igual forma el hogar de una es el cuerpo mismo, el cuerpo y el espacio que éste habita y construye en el camino.

Asimismo, estar afuera significa, inevitablemente, ver y ser vista (o ignorada). Ver la forma en la que otras personas me ven y a la vez ver la forma en la que otras personas ven cómo las veo. Recuerdo que en una fiesta hablé con un hombre negro, de Ghana, al que durante la conversación le pregunté qué hacía en Viena. Él me respondió, con un tono de sarcasmo, Am I not supposed to be here? Acaso no debería estar acá? Yo me sobresalté un poco, porque por supuesto que mi intención no fue hacer de mi pregunta un reclamo xenófobo, pero entendí su reacción porque yo también he estado ahí. 

Yo, como mujer latina que en este camino se ha encontrado con gente que la ha exotizado y le ha resaltado su procedencia y por ella, cuestionado su derecho a estar en donde está; dicho hombre, como persona negra habitando un país en el que menos del 1% de las personas son negras, hacemos parte de lo diferente, y “lo diferente tiende a equipararse con lo particular, lo periférico, lo deficiente -frente a lo universal y lo central-” (Karakola, 2004, p. 10). Viajar me ha servido para profundizar mi entendimiento de lo que la otra persona es, de cómo yo misma he construido nociones del otro (desde de la diferencia) y de cómo yo hago parte de las nociones de otros. 

Creo que lo difícil de migrar es que la cuestión de estar lejos de la fuente y de existir siendo parte de lo diferente se entrelazan en formas que te hacen sentir que no hay hogar, que no hay quién te mire, ni te cuide, ni te dé apoyo. Por mi parte, he encontrado refugio en las amigas que me he encontrado en el camino y con las que he compartido horizontes políticos, y voy aprendiendo a encontrar formas para forjar alianzas a través de las diferencias; a encontrar puntos de conexión a pesar y gracias a ellas y a entender dicha articulación como práctica política relacional y transformadora (Karakola, 2004, p. 15).

Recibo como un regalo lo que interpreto como una invitación de Anzaldúa a alimentarme de la tensión y riqueza política que implica existir entre varias culturas, usar varios idiomas, y ver mis privilegios, teniendo presente que a veces no seré bienvenida (Karakola, 2004, p. 11). Si la norma es que alguien como yo no sea tomada en cuenta en el centro, hago de la periferia mi centro; mido mi borde y me paro en él. 🛡️

Referencias

Karakola, E. (2004). Prólogo. In Otras inapropiables Feminismos desde las fronteras. Traficantes de sueños.

Originalmente publicado en Wom-en

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