Sentir el cuerpo

«Al intentar examinar una parte del cuerpo,
 perdía de vista otra. No podía

imaginar qué aspecto tenía durante
los ángulos fracturados del sexo.

A la orilla del río, era imposible
verme toda a la vez.

Empecé a entender la desnudez
como un sentimiento.»

Fragmento de Espejo primordial por Ama Codjoe (traducción propia)

A razón del 8 de marzo, el laboratorio de rtve, la radiotelevisión pública española, lanzó una aplicación en la que muestran “cómo el machismo marcó nuestra adolescencia”. Según el año de nacimiento que se escoja, muestran videos musicales, fragmentos de películas, campañas publicitarias y tendencias en medios de comunicación que tienen en común la desestimación, invalidación, estigmatización y control del cuerpo. Al ver los resultados según el año en el que mi madre nació, no fue una sorpresa ver que el objeto de dichas acciones es el cuerpo femenino: “trucos para adelgazar” que se resumen en dejarse morir de hambre, el estigma hacia la menstruación, las letras de una boy band que hablan de violar hasta conseguir el “sí”. Tampoco fue una sorpresa ver los de mi año de nacimiento, que aunque 40 años después y muchos avances y logros conseguidos por las feministas y grupos de derechos humanos, siguen reflejando una relación de la sociedad con el cuerpo femenino muy parecida.

Hablo de mi madre y hablo de mí porque ser mujer es reconocer la herida colectiva que no es abstracta, que está ahí, invisible pero rajando la piel de adentro hacia afuera. Violeta Luna, poeta, ensayista y profesora ecuatoriana, también me lo recordó cuando leí su texto Rimando el cuerpo impreso en la publicación colombiana brujas: las mujeres escriben de 1983. En un momento de desencuentro conmigo misma tuve la sensación profunda de que mi cuerpo no era mío, y en ese texto ella habla de su “dolorosa convicción de haber perdido allí [el] cuerpo, de haber aprendido a sentirlo, vivirlo, y amarlo como lugar para el otro”. El otro, que también ha sido marcado por el sexismo y socializado para desestimar, invalidar, estigmatizar y controlar.

Luna habla de la prohibición de tocar y sentir el cuerpo propio. Y hoy, 40 años después, la sensación de que ese permiso sigue sin existir me retumba en la cabeza. Con esto no desconozco que han cambiado los estigmas, que ha habido transformación, sino que reconozco y reivindico que lo que siento en el cuerpo no es resultado de experiencias aisladas. Este permiso de estar en el cuerpo con un objetivo diferente al de ser deseables por la mirada del mundo permeado por el sexismo, no nos lo damos ni nosotras mismas. Esta certeza me golpeó en la cara navegando en Twitter, al ver que al siguiente fragmento del bot de Annie Ernaux alguien respondía con este meme:

Cuando me sorprendo a mí misma intentando parecer sexy en mi casa y recuerdo: ‘eres una mujer con un hombre adentro observando a una mujer’

Yo soy esa. YO SOY ESA, pensé, como una revelación que confirmaba que este cuerpo sigue sintiéndose de otros. También pensé que quería escribir sobre eso. A la vez, me pregunté para qué quiero publicar un texto como este, o como cualquiera. ¿Para qué quiero escribir? Tal vez sea como Joan Didion que, en su texto Por qué escribo del libro Lo que quiero decir, menciona que escribe enteramente para descubrir lo que piensa, lo que mira, lo que ve y lo que significa, para entender qué está pasando en las imágenes en su mente, más precisamente en las «imágenes de bordes reverberantes». Leer ésto hizo clic en mí, porque aunque las imágenes en mi mente no me dictan las palabras como a Didion, sí que me hacen preguntas. 

Creo entonces que esta semilla de texto se gestó en mí desde hace tiempo. Tal vez desde que tengo 3 o 4 años, la edad que tenía en la imagen con bordes brillantes que viene a mi mente a menudo últimamente, que me hace pensar en mi cuerpo y en cómo el mundo lo ha atravesado. Esa imagen en movimiento y las sensaciones que siento en el cuerpo al revivirla me empujaron a querer escribir. Escribo para intentar deshacer el ovillo que se forma adentro porque no entiendo ni cómo se hizo, de dónde salió. Cuántos pájaros pasaron encima y cagaron en él. En qué momento se incrustó tanto en mí. Escribo para sentir el cuerpo y, de paso, reapropiármelo. ✨

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